Adriano ha sido proclamado nuevo emperador de Roma. Toletum, como una de las más importantes metrópolis de Hispania celebra la llegada al poder de alguien que no ha nacido muy lejos de la ciudad, para las distancias que posee el Imperio Romano. 
Nacido en Itálica, Adriano sustituye a su padre, Trajano, muerto en el año 117, también nacido en Hispania. La ciudad de Toledo arde en festejos. Hacia el circo, no muy lejos del río bajan muchedumbres de todo tipo: artesanos, campesinos, soldados con licencia, en busca de entretenimientos que cambien su habitual rutina.
Adriano ha sido proclamado nuevo emperador de Roma. Toletum, como una de las más importantes metrópolis de Hispania celebra la llegada al poder de alguien que no ha nacido muy lejos de la ciudad, para las distancias que posee el Imperio Romano. Nacido en Itálica, Adriano sustituye a su padre, Trajano, muerto en el año 117, también nacido en Hispania. La ciudad de Toledo arde en festejos. Hacia el circo, no muy lejos del río bajan muchedumbres de todo tipo: artesanos, campesinos, soldados con licencia, en busca de entretenimientos que cambien su habitual rutina.
Los templos han realizado ofrendas, se ha engalanado el foro y las principales avenidas de la ciudad con monumentos y aras y ahora el circo se abre para acoger las intensas carreras de carros. Por la Porta Pompae acceden a la arena los aurigas sobre sus cuadrigas, tiradas por cuatro caballos elegidos de entre los mejores de las tierras próximas a la ciudad. Los cuatro caballos dirigidos por Fulvio son los que más éxito tienen entre el público, que rompe en gritos cuando accede a la arena. Fulvio, un joven centurión, es el elegido de las masas. Licenciado del ejército con honores, se dedicaba a dar clases de equitación a los hijos de los patricios toledanos, hasta que conoció a Marcia, hija de una de las más ricas y nobles familias de la ciudad. Los cuatro caballos que ahora guiaba Fulvio, blancos como la nieve, eran un regalo de Marcia, que no pocas ocasiones habían hecho a su afortunado amo salir victorioso en carreras por toda Hispania.
Hoy es un día diferente, aunque Fulvio intenta dirigir su cuadriga con la entereza de siempre algo se lo impide. Ha apostado toda su fortuna y todos sus caballos en la carrera, pero también ha recibido una apuesta que no se esperaba: el amor de Marcia. Ella aceptará su propuesta de matrimonio sólo si gana la carrera. La carrera ha comenzado. Todo ello da vueltas en su cabeza mientras que velozmente dos de sus oponentes le sobrepasan al observar que Marcia está acompañada en la grada de un joven que el día de antes fue el invitado de honor en una cena a la que también estuvo invitado Fulvio. Horrorizado y muerto de celos, piensa en cómo Marcia miraba al elegante joven y quedaba impresionada por sus palabras y noticias de Roma. Fulvio se vuelve a concentrar en la carrera intentando olvidar la forma en que se miraban y esquiva como mejor puede un accidente que lleva a los dos carros que le habían superado a chocar con uno de los pilares de la espina. Vuelve a estar en cabeza, pero por poco tiempo, pues en la siguiente vuelta observa aterrorizado que los dos jóvenes ya no se encuentran entre el público… Pierde velocidad y finalmente es superado, quedando en segundo lugar en la carrera.
Esa noche Fulvio caminó solo por las calles de Toletum, que tantas veces le habían visto desfilar victorioso. Mientras los guardias, a la luz de las pocas antorchas, se cuadraban como muestra de respeto al rango alcanzado al reconocer en su paseo a Fulvio, casi sin saberlo llegó al puente que cruzaba sobre el Tajo. Había perdido todo, su fortuna, sus caballos, su amada Marcia… Asomado al río, a mucha altura, arrojó las pocas monedas que le quedaban, considerando saltar y pensando en lo adecuado que el barquero Caronte encontraría el pago realizado.
De un salto, Fulvio sube al pretil del recio puente de piedra, dispuesto a quitarse una vida que ya no era atractiva, pero cuando se disponía a saltar, unas manos fuertes hicieron presa de él y le arrojaron sobre las losas del puente, frustrando así su suicidio. Un anciano, de largas barbas, había sido su salvador. Fulvio se levantó lleno de ira, recriminando al hombre su acción, pero el viejo le hizo ver en poco tiempo que esa forma de acabar con su vida no era la correcta y era tan sólo una salida cobarde ante los problemas. Tras una discusión acalorada, que poco a poco se fue rebajando en su tono, y finalizando en el llanto de Fulvio ante la adversidad que había cambiado su vida, el anciano consiguió calmar al joven, contándole la siguiente leyenda sobre el río:
“En los primeros tiempos, cuando brotaron las fuentes y nacieron los ríos, uno de ellos inició su caminar por valles y llanuras, dominando con su poderoso caudal las tierras por las que iba pasando, hasta que llegó frente a una montaña que le hizo ver su debilidad ante ella, su incapacidad para dominarla como a los valles y a las arenas. Ofendido por las burlas de la montaña, el río arrojó sus aguas contra ella, pero estas se deshicieron impotentes. El río, no obstante, no se rindió y logró reunir todas su fuerzas para volver a arremeter contra la montaña que le retaba; y fue tanta su fortaleza que conmovió los cimientos mismos de las rocas, en un estruendo terrible que parecía imitar la crudeza de una tormenta. Rocas y agua saltaron por los aires y, finalmente, el río se abrió camino por la sima que su esfuerzo había producido, envolviendo luego, como si se lo reservara para sí, el monte sobre el que se sustentaba Toletum. Y por este hecho, el río recibió desde entonces el nombre de Tajo.”
Fulvio decidió escuchando al anciano comenzar de nuevo. Sería complicado, pues nada tenía, pero el viejo ofreció al joven una nueva vida en Emérita Augusta, como tratante de caballerías. Fulvio decidió acompañar al hombre, para así alejarse de Toletum y cerrar sus heridas.
Fulvio no fue el primero ni el último que intentó acabar con su vida arrojándose desde el ahora llamado "Puente de Alcántara". Esperemos que la próxima persona que intente de nuevo arrojarse desde tanta altura, valore que si un río fue capaz de doblegar a una dura montaña de granito, también la vida puede volver a cambiar, la próxima vez para bien.
Leyenda publicada originariamente en: Delgado, A. (1986). Leyendas de la ciudad del Tajo. Madrid: Porrúa-Turanzas

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Muy interesante. Gracias.

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